Un intenso egoísmo protege contra la enfermedad, pero al fin y al cabo, hemos de comenzar a amar para no enfermar, y enfermamos en cuanto una prohibición interior o exterior, nos impide amar...("Introducción al narcisismo", Sigmund Freud.)

lunes, 19 de septiembre de 2011

Por H o por B... Guillermo Gómez Tirado, gracias.

En medio de ningún sitio se encuentran todas las respuestas hay un número infinito para abrir, y todas parecen dirigir exactamente a donde quiero… pero la música ya me ha atrapado y no me deja avanzar. Mis manos se derriten lentamente, quieren ser líquido, quieren fundirse en una exhalación indefinida que me transporte a otro lugar, un mundo distinto a todo esto que me rodea, que rodea mi vida y la asfixia hasta que caigo al suelo y me desmayo. Ya no reconozco el sabor que tienen sus labios, ni si quiera puedo saber a qué sabe mi boca, dejé de sentir la garganta hace un rato y los pies vuelan cada vez más arriba, en busca del cielo… Dónde estará mi cielo que no vuelve, que sólo lo encontré una vez, lo tenía entre mis brazos, él me tenía entre los suyos. Una caricia era suficiente para saber que me quería, que estaría conmigo siempre…, siempre… y nunca. Los destellos hacían que todo ocurriese a un tiempo diferente, las melodías se perdían en la oscuridad y luego todo volvía, como queriendo escapar de aquel zulo en el que nos hacinamos los unos contra los otros. Las puertas siguen puestas en el mismo lugar, son todas las elecciones que me hubiesen llevado por otro camino, uno en el que no necesitase seguir viendo esas puertas y donde encontraría la paz en tantas cosas… No puedo pensar con claridad, entonces no pienso y vuelve la música y las luces, y sus manos me agarran. Mi cuerpo está suelto, no lo domino yo, como si fuese el humo que aparece por las paredes, que envuelve la habitación, ahora nos cubre a la mitad a todos y ya no tenemos parte de abajo. Somos torsos sumidos en ritmo, somos como partículas subatómicas estallando en todas direcciones. Hay algo en mi boca, es su lengua que empieza a agobiarme, la muerdo porque no es la de él, es la de otro. Entonces veo su cara, por primera vez veo su cara. No es su cara, no debería de ser su cara. Chrashing down from the sky…
No reconozco a nadie a mí alrededor, hay un hedor en el aire, pestilencia a mugre y alcohol muerto, entonces la música vuelve a estallar, y es la canción que quería oír. Todo se acelera, mi corazón a perdido el ritmo y lo llevan mis piernas, sólo puedo seguir el fluir de la sangre por la punta de los dedos, ellos me mandan el movimiento que toca. Alguien ha nombrado mi nombre, pero ya no sé si es mi nombre, mi nombre se perdió en la bebida que llevaba hace un rato, mi nombre no importa. Sólo hay velocidad, eso es lo que importa. Que salga, que fluya y se funda en un instante etéreo para que vuelva a morir, que sea la música y la luz y mi respiración. No estoy cansada, pero lo que mis ojos ven no refleja lo que de verdad se ve y necesito cerrarlos. Ahí está todo, como un “ya a la vez”, “todoyalavez”. Entonces el mundo es perfecto; siento su euforia, siento su razón y su verdad. La mezcolanza de formas empieza a ser mayor, ahora la euforia se ha transformado en cierta sensación de miedo, porque no sé donde estoy, porque no estoy. Es un infinito que se cierne sobre mí. Mis pequeñas barreras que imponían límites las ha derrumbado lo último que me tomé, y ahora ya no hay fronteras con nada…Por qué vuelve una y otra vez el recuerdo de su nombre, y la noche estrellada y los porros tranquilos… porque se fue. No tenía bastante conmigo, le hubiera dado lo que me hubiese pedido, incluso antes de que me lo pidiera. Me ha roto, otra vez me han roto. Tengo el corazón tan destrozado por dentro que camino en un sueño, no siento nada. Ya no diferencio la realidad. Estoy atrapada en esta apariencia que me obliga a ser algo, a ser alguien. Quiero ser sonido o silencio, quiero ser libertad y luz, no quiero forma, no quiero objeto. Quiero ser como el agua, como las moléculas de mi sangre. Quiero ser las drogas que me transportan, que me hacen sentir distinta, que me hacen sentir. Hay un fuego en su mirada, hay más seguridad que en todas las demás. Me llama, ella me llama sin que lo pueda evitar. Entonces me sonríe porque sabe que lo estoy mirando desde la otra punta de la sala, y sabe que es a él a quien miro y nadie más. Se parece “mi cielo”, a lo mejor es otro cielo, uno que no me olvida, que no se va, que se queda y me da de nuevo, uno que no quiera romperme el corazón sino arreglarlo para que lo pueda sentir a él.
No lo puedo evitar y doy otro trago de bebida adulterada por la química que inventaron los años del experimentar, y vuelvo a ver las puertas que me hablan de mis decisiones, y la música vuelve a ser más música, más y más fuerte cada vez, hasta que mis oídos no diferencian las notas y mi cuerpo aprende solo la danza del sonido. Entonces vuelo, y toco el techo, y el humo es mi hermano que me susurra al oído, la luz mi hermana que me dibuja las formas y él, él no me está mirando. Está en otras cosas sin saber que yo sí lo estoy mirando. Desde el otro lado de la sala, sin que él se percate yo lo miro, lo desnudo con la mirada, y veo su alma y su mente, y sé que es más que los otros porque es el que me gusta a mí. Está más cerca, está a lado mía. Le sonrío y él me mira, y yo no escucho nada ni veo nada más. De él sale ahora la música que me vuelve a atrapar, se pega, está conmigo y no existe otra cosa que su piel, que su carne que es fuerte y grande, que no me cabe entre los dedos, entre las manos, entre los brazos. Que sabe distinto y huele mal, todo huele mal, y está oscuro y mi cabeza siente un mareo más fuerte hasta que mis pies no aguantan en el suelo y resbalan. Pero él está enfrente de mí y me coge, me salva del mareo y de los pies frágiles y del olor asqueroso que no para de subir por la nariz. Ha sacado algo del bolsillo que me mete en la boca. No tiene sabor, no sé qué es, sólo sé que ya no estoy allí, ahora todo tiene más color.
Ha desaparecido la noche y hay luces por todos lados, se mezcla la euforia con el odio, el odio con la alegría y con la libido. Me sube, se me agarra a las entrañas hasta que ya no puedo más y necesito gritar. Hay fuego, fuego que surge de dentro, me quema y lo inunda todo, como una manta gigante en la que me pierdo. Siento sus manos tocarme y no puedo soportar no morderle la boca, hasta que un instante de asfixia me obliga a respirar fuera, de un aire que no penetra bien. Él me agarra más fuerte y siento que me tiene, se hace más grande, me ocupa, está encima de mí. No hay paz, es como una guerra, como una lucha violenta que no termina, que no quiero que termine. Saltan las chispas, los rayos, los alaridos y se mezclan los cuerpos hasta confundirse los sexos y no saber donde es arriba o abajo. El tiempo quiere detenerse pero todo va demasiado deprisa para eso, y avanza a trompicones entre el sudor y el calor de los vientres desnudos y los pies secos, de las babas mezcladas entre amor y violencia. Todo junto, siendo uno en perfección, incrusto las uñas en su espalda porque todo es más intenso ahora, todo está en éxtasis. Y siento su carne por dentro, siento desgarrarla y como puedo tocarle el alma con la yema de los dedos. Él ha perforado la mía, le ha hecho una marca imborrable de amor y violencia. Entonces hay una explosión y se suspende todo. Parece como la calma tras una bomba nuclear, los pedazos de cenizas que flotan por el aire y el olor a quemado, los cuerpos que se han deshecho, pero la gravedad todavía no los ha hecho caer. Aún me sujeto a sus hombres y él a los míos, y nos dormimos durante unos instantes de paz absoluta y de muerte en vida. Ha sido el alma que se me ha abierto, ha sido la vida que se me ha partido, pero es el placer el que me mantiene en vilo mientras las piernas intentan recobrar fuerza y mis manos se desentumecen y destensan.
La diferencia vuelve, y el ciego se pasa. La música ha dejado de escucharse, ahora los colores son los antiguos, esos que siempre hay en la aburrida realidad de todos los días. Veo su rostro cansado, las gotas de sudor le resbalan, lo delatan; desde la frente hasta sus labios agrietados por la deshidratación y el calor del ambiente. Una décima de segundo antes era incapaz de diferenciar el detalle de su pequeña cicatriz cerca de la oreja, ni tampoco el pendiente que luce en ella. Entonces sé donde estoy, y quiero saber quién es él, de dónde viene y por qué me miraba desde el final de la sala. Vuelvo a otro estado que quise abandonar, un estado en el que mis puertas desaparecen, y la música se diferencia y no está fundida…; nada está fundido. Se corto la continuidad y me tengo que levantar, vestirme, preguntarle el nombre, saber su número de teléfono, compartirlo con mi móvil para recordarlo en un rato. Saber si lo quiero volver a ver, y para eso tengo que conocer quién es. Todo se hace perezoso, vuelven los procesos y las normas, los formularios a rellenar y los tiempos de trámites, burocracia del sistema contemporáneo occidental, porque él es un hombre y yo una mujer y las cosas tienen su forma de hacerse, eso es lo que nos diferencia de los animales. Pero es porque somos animales, porque queremos hacer esos trámites, porque queremos volver a ser animales, a ver su alma en la mía, y clavarle las uñas y morir por dentro para nacer por fuera.
Es hora de volver a casa y acostarse, soy perezosa y no me quiero esforzar, no quiero los trámites, prefiero que vuelva mañana por aquí, y que todo vuelva a ocurrir si tiene que ocurrir, y si no, seré otra vez animal sin sexo y sin edad, alguien que no conozco volverá a partirme el alma. Él es como otra puerta, una que hay que decidirse a abrir, que me llevará a una decisión, que me hará ir por un solo camino. Sin embargo ya no estoy ciega y no me lamento de no querer abrirla, por eso no la abriré, por eso y porque no me atrevo. Sólo la droga me da fuerzas para abrir esas puertas, sólo ella me hace querer ser más humana, seguiré siendo animal y tomando drogas que me hagan ser consciente de mi animalidad y deseosa de la humanidad que por H o por B perdí sin querer…

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