Un intenso egoísmo protege contra la enfermedad, pero al fin y al cabo, hemos de comenzar a amar para no enfermar, y enfermamos en cuanto una prohibición interior o exterior, nos impide amar...("Introducción al narcisismo", Sigmund Freud.)

jueves, 12 de enero de 2012

No soy un cobarde...

El final del sendero se perdía en la maleza. Una luz bajaba desde la copa de los árboles susurrando el murmullo de las sombras. Una brisa fría y húmeda recorría el bosque que se extendía en la inmensidad. Veía las ramas arquearse a mí alrededor, se me agarró la respiración al pecho y salté de la cama en una bocanada de aire que llegó hasta lo más hondo de mis entrañas. La luz de la mañana me daba en la cara y me deslumbraba hasta dejarme manchas de colores en los ojos. Olía a tabaco y alcohol, a cerrado; ese olor de las mañanas que tanto odio al despertar. La ropa desperdigada, el desorden en niveles catastróficos; encerrado en este cuchitril que me asfixia desde primera hora. Pienso en mis sueños, hay un caballo que llega cansado, con las patas sangrando a la altura de las rodillas y los tobillos. Se está ahogando en su intento por recuperar el aliento. Lo tumbo en el suelo para que se tranquilice, y lo beso en el hocico frío por el sudor. Ya se calma. Las heridas parecen quemaduras, y se le ve la carne de los tendones y el blanco de los huesos; la piel está despellejada en los bordes. Está temblando de pies a cabezas, pero al menos ya se ha calmado. Yace en el suelo esperando que el dolor se pase, pero no pasa. Lo veo llorar, caen lágrimas de sus ojos. Quiero vendarle las heridas para que pronto pueda volver a caminar, pero no puedo. Me da miedo. Temo que al tocarle las heridas de una coz y me deje tieso en el sitio. Morir intentando ayudar a un caballo herido. Al verme la cara de despojo en el espejo no me parece tan mala muerte. Debería haber ayudado al caballo.
Vuelvo a ese sendero mientras miro como se hace el café. Todas las noches sueño con el camino del bosque, “caminos que se pierden en el bosque”. Los alemanes tienen una bonita palabra para eso, ellos dicen Holzwege. Yo estoy allí, perdido en ese bosque, en esos caminos. Sabe más rancio el café sin azúcar. Quisiera poder beber sólo azúcar. Azúcar solo, sin café. No se puede tomar el azúcar sin el café, pero sí el café sin azúcar. El estómago se me ha puesto del revés, a veces pienso que este cuerpo no es el mío, que hay alguien dentro que lo controla por mí. Yo sólo soy consciencia que camina entre tinieblas, abriéndose paso con un torpe balanceo de brazos y un andar pesado y lento. Quien esté dentro de mí ha decidido que sería buena idea vomitar, y no tengo fuerzas para impedirlo esta mañana. El blanco del WC me conmueve, es sublime. No hay nada más bello en esta casa que ese blanco wáter en el suelo. Si se moviera, si pudiera sentarme en él para comer y cenar, para desayunar mi café amargo sin azúcar.
El sabor del vómito es analgésico. Ya no siento la boca, creo que se me ha anestesiado de tanto analgésico sabor. Doy vueltas sin moverme del sitio, el que está dentro de mí ha decidido desorientarme. Sé lo que pretende, quiere que vuelva a la cama. No puedo, he quedado con alguien, debo asistir. Al entrar de nuevo al cuarto encuentro a una chica en mi cama. No sé cómo se llama. Está desnuda, tirada boca abajo en la cama, reliada en las sábanas. Tiene la piel blanca y el pelo anaranjado. No le veo la cara, pero sí los pies. No tiene ni un solo callo, ni una sola cicatriz en los pies. Parecen los de un recién nacido. Es preciosa, un regalo para la vista. La luz de la ventana que me deslumbró le baña la espalda y la hace relucir. Es como una visión de mi sueño. Apenas parece real. Tengo la sensación de que al ir a sentarme a su lado, acariciarle la mejilla, y empezar a preguntarme cómo acabó en mi casa, me voy a despertarme de nuevo, lleno de vómito – porque seguro que sí he vomitado – y sin ángel en la cama.
Al volverme después de ponerme la camiseta sigue allí. No debe de ser un sueño. No se puede quedar. Tampoco quiero despertarla. Si ha acabado aquí, no será la primera vez que termina en la casa de cualquiera. Con una nota bastará; ni tengo nada de valor, ni ella robaría nada a lo que yo le tuviera valor. Ha sido genial, supongo. Siento no recordar tu nombre. Hay café y comida en la despensa (la segunda puerta a la izquierda de la nevera). Un beso. Antes de que salga de la habitación se mueve. Se despierta. Tiene la cara fina y blanca, con los labios rojos y las mejillas rosadas. No va maquillada ni tampoco parece que se acabe de despertar. Parece que acabase de salir de una sesión de Spa. Me sonríe. Hoy estuve en tu bosque, dice, ¿viste el rostro? ¿Qué rostro?, respondo. Entonces vuelvo al camino, casi como si estuviera soñando otra vez, pero la veo a ella en la cama. ¿Te has perdido? Sus ojos se encienden en amarillo miel. No puedo dejar de mirarlos, es el caballo. Sangra por la nariz y me mira acusándome de cobarde; no soy un cobarde, le digo. Pero no me responde. Las patas están sangrando, sus heridas siguen ahí. Ya no puedo tranquilizarlo y no para de relinchar.
La cabeza me duele más que de costumbre, el olor a alcohol y tabaco vuelve, y hay un charco de vómito al lado de mi cama. Era un sueño, no hay nadie en la cama. Todo el cuarto me da vueltas, pero el olor es más fuerte y me levanto a por la fregona; por suerte el charco no es grande, pero sí el sabor en la boca. La fregona está vacía, la lleno y me miro la cara en el espejo del cuarto de baño. Me enjuago la boca con pasta de dientes. Ni así se me va el sabor. Es como hierro y ácido juntos. Creo que me he tragado un tren de amoniaco. Al llegar al cuarto está ella de pie, desnuda, mirándome. Tiene los ojos color miel y no puedo moverme ni apartar la mirada. Está sangrando, le sangran los tobillos y las rodillas. Yo no soy un cobarde… no lo soy.

Guillermo Gómez Tirado.

http://zanahoriasparlantes.blogspot.com/2012/01/el-rinconcito-de-guillermo.html


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